Hace un tiempo mi mujer se rió de mí durante toda una noche al notar lo estúpido que me veía al darle de comer a nuestro hijo.
Hace un tiempo mi mujer se rió de mí durante toda una noche al notar lo estúpido que me veía al darle de comer a nuestro hijo.
Ocurre que cada vez que le acerco una cuchara a la boca hago un gesto, en silencio y casi a escondidas, un poco ridículo: Cuando alzo la cuchara abro un poco la boca y continúo haciéndolo mientras arrimo la cuchara a su boca. Cuanto más cerca de la suya, mas abro mi boca. Al acercarme lo suficiente como para que él la alcance, dejo la boca abierta y mi gesto se estresa un poco, como con ansiedad o pánico, como si le estuviera dando una cucharada de nitroglicerina que, si no entra en la boca, fuese a explotar. Y cuando finalmente la cuchara entra lo suficiente en la boca del bebé como para asegurar el relleno, ahí mismo cierro la boca como si fuera una planta carnívora que acaba de atrapar a su mosca. ¡Zap! Y se cierran mis labios junto con los de mi hijo.
Imaginé que si pudiera verme al espejo en ese momento también medaría mucha risa.
Me quedé pensando y analizando mis gestos durante unos días y amparándolos con los de mi mujer. Y finalmente descubrí que ese gesto, lo hacemos todos (pero todos) los que somos padres o madres. A veces más explicito, otras veces más natural y no siempre al darle de comer sino en cualquier actividad en la que lo acompañemos. Todos lo hacemos. Porque en ese gesto uno no sólo esta buscando acompañar a su hijo en la comida como un payaso. Cada cucharada de comida que uno le arrima a su hijo va cargada con mucho más que sopa, puré o algún otro menjunje nutritivo.
Ocurre que cada cucharada que se levanta del plato hay un deseo de éxito. Mientras que en la cucharada que se cae al piso, o al pantalón, van los deseos de que nuestro hijo aprenda y se supere cada día a sí mismo.
Pero es en la cucharada que llega a su boca donde se conjugan todos los deseos que tendremos para con nuestro hijo por el resto de los días:
En esa cucharada va el deseo de felicidad, porque si él es feliz es señal de que vamos por buen camino.
En esa cucharada va el deseo que la tome con seguridad, porque si vive seguro de sí, podrá encarar su camino sin mayores preocupaciones. Lo que nos vuelve a nosotros más seguros.
En esa cuchara va el deseo de confianza, porque si confía en nosotros, confía en el mundo que lo rodea y entonces podrá animarse a más. De ese modo nos daremos cuenta que está creciendo, que nosotros también debemos avanzar un paso más.
En esa cucharada va el deseo se sentirse amado. Porque si sabe lo que es el amor sabrá por que caminos luego salir a buscarlo. Y así sabemos que nuestra dedicación ha dado sus frutos.
Cuando uno tiene un hijo se recibe de varias cosas: De ignorante, de guía, de súper héroe, de súper villano. Pero de padre, de padre creo que uno sólo puede saber si logró conseguir ese título recién al final de sus días, cuando pueda sentarse a ver como vive ese tipo adulto que resulta que es nuestro hijo, que alguna vez fue un cachorro indefenso y pelón. Porque sólo si vemos que ese hijo aprovechando lo mejor de uno y sabiendo descartar lo peor, es allí cuando nuestro laburo como padres (en definitiva nuestra labor natural de evolucionar como especie) ha sido exitoso.
Entonces ¿Por qué abrimos la boca como tontos cuando le damos de comer a nuestros hijos?
Porque ese gesto tonto no es el reflejo del gesto de nuestro hijo. Es el de todos nuestros deseos, temores y anhelos. Los que nos acompañaran siempre junto a la duda de saber si hemos hecho un poco bien las cosas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario